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Miró sus ojos, estaban muertos, apagados, sin vida. Ella recordó su mirada en aquella tarde tempestuosa, cuando ensimismado, veía los grises y acerados tejados y escuchaba el cadencioso sonido de la lluvia sin decir nada, en silencio, como si la tristeza exterior le empapase.

Visualizó aquellos ojos cuando aún estaban llenos de vida y su silencio que parecía decir muchas cosas, como “tengo miedo”, “no sé hasta que punto estoy tan mal”, “me aferro a la vida porque no quiero despedirme de vosotros, no, yo no quiero perder a las personas que más quiero en el mundo”.

Y se había vuelto hacia ella de repente rompiendo ese silencio que hablaba a gritos, ella que también contemplaba la lluvia y contenía sus ganas de llorar le miró y le escuchó preguntarle:

-¿Todavía escribes?

Su voz resonó en sus oídos como un eco del pasado y deseó que aquella boca volviese a cobrar vida y repitiese aquellas palabras una y otra vez.

Emitió un tímido sí.

Era la primera vez que él se preocupaba por aquella cuestión. Cuando aún estaba bien, su interés por el ordenador no trascendía a más que a enviar un correo con una fotografía adjunta o navegar por Internet para leer el periódico.

Ahora le preguntaba por su afición a la escritura. Tal vez era una forma de decir que la quería, que la veía triste y no sabía como hacer para evitar que ella sufriese.

Pero era inevitable.

Evocó aquellas manos suaves que acariciaban las suyas y  le transmitían su cariño cuando cada mañana de domingo cuando ellos no podían ir a misa, ella acudía a su casa.

Aquellas mismas manos que siendo niña la habían alzado sobre sus robustos hombros en los días de sol para ir a buscar grillos.

Ella veía el mundo desde aquella altura encaramada a su espalda, con los bracitos fuertemente aferrados a su cuello mientras él llevaba con delicadeza una caja de cartón llena de agujeros para que los insectos no se asfixiasen.

Todo estaba muerto, vacío y sin vida desde que él se había ido.

Era ahora, como una escultura de barro que ella modelaba, tenía ojos pero no podía ver, tenía boca pero no podía hablar, tenía un corazón de barro que parecía dormir, no sentir, aunque ella se esforzaba por dotarle de arterias y vasos sanguíneos, por emitir impulsos eléctricos que hiciesen a la sangre irrigar todo el cuerpo y devolverle la vida.

La lluvia mojaba la escultura de barro y poco a poco la deshacía dejando en el suelo un charco triste de caolín y agua, deshaciendo los ojos, los brazos, las manos, la boca…

Un intenso deseo de revivirlo surgió en su corazón.

Pensó en las rosas marchitas sobre la fría losa de mármol, su ausencia en aquella silla de mimbre en que él se sentaba y que ahora estaba vacía cada vez que ella la miraba.

La única forma de revivirlo era en sus recuerdos.

Por eso volvió a pensar en aquella escena pasada, él mirando la lluvia caer tras los cristales y preguntando:

-¿Aún sigues escribiendo?

Aquella mañana ella cerró los ojos, decidió pensar, mientras tomaba el ascensor de camino a su casa que todo había sido una pesadilla y que una vez abriese la puerta, se lo encontraría a él sentado, feliz, jugando a los naipes con los amigos en una casa que olía a café recién hecho y tostadas con mantequilla.

Descubrió que la única forma de revivirlo era a través de los recuerdos y tenía cientos, miles, para que un ángel cobrase vida aunque sólo fuese de una forma espiritual y mágica.

Allí volvía él a estar sentado.

Miraba los tejados acerados y volvía la cabeza para preguntar:

-¿Todavía escribes?

Ella, se giró a él y le dio un fuerte abrazo, tan fuerte y tan intenso que si el tiempo tiene medida podría decirse que era infinito.

-Te quiero papá.

En ese momento sus ojos apagados y sin vida parecieron brillar como una estrella lejana.

Acerca de endriga

Este es el blog de unos amigos/as.

Un comentario »

  1. madre mía, kreo k eres Rosa?, por favor, dedícate a esto, cuánta dulzura, k bonito stá. Y de k buena manera has comprendido k recordarlo así significa k AUN SIGUE CON VOSOTROS. Un beso enorme y una gran sonrisa. Lu

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