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Mis Relatos- por Rosa Estrada Diaz

EL AMOR ES FÍSICA Y QUÍMICA

WALK LIKE AN EGYPTIAN- THE BANGLES

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Descartes decía que el alma reside en la glándula pineal, el tercer ojo de los tibetanos y el lugar donde la psicología moderna ubica nuestra consciencia.

Hay quien opina, que las almas transmigran hacia otros cuerpos siguiendo la rueda del Karma hasta encontrar la total purificación que las libere de su eterno tránsito.

El rostro de su amada se desdibujaba todas las mañanas, cuando se levantaba para ir a sus clases en la universidad. En las clases de física y química esbozaba el retrato de la silenciosa mujer del papiro y acababa siempre decepcionado con el resultado pues nunca conseguía captar del todo su belleza. Luego a la noche, volvía a su casa para conciliar el sueño y se veía nuevamente a si mismo , viviendo en otro tiempo, con  una identidad distinta ,Su obsesión por ella, había llegado a tal punto que le había llevado a decorar su casa con papiros y escuchar continuamente toda la música egipcia que caía en sus manos. En todos aquellos papiros, figuraba la mujer de enigmática belleza postrada ante el ojo de Horus a la que únicamente reconocía en sueños y que cada mañana se desvanecía.

El destino era un hado malévolo. El sueño, volvía a transportarle a otra vida, a punto de encontrarse con ella, y era apresado por un barco turco donde experimentó las mayores atrocidades que puede sufrir un hombre.

Recordó a la gente victoreando a los gladiadores en el circo y las llamas incendiando Roma, volvería a encontrarla mucho más tarde, en la Alemania nazi conducida a la cámara de gas y jamás podría apartar de su mente sus ojos tristes de muchacha judía.

Aquellos habían sido unos sueños extraños, sin duda. La pitonisa a la que un día medio en broma había consultado, lo llamó un viaje astral, mientras sus amigos hablaban de  locura transitoria. Él, que nunca había creido en la maldición de cruzar bajo una escalera, ni en el número trece, ni su vida jamás había sido regida por los astros y el infierno sólo era el de Dante.

Y sin embargo: ¿Acaso no era el cielo contemplar sus ojos imposibles?. ¿No era suficiente infierno no tenerla, no encontrarla  a través de muchas vidas.

Sin apartar la vista de la multitud, jugaba a acertar como sería ella con el fín de identificarla entre la corriente humana que discurría en todas direcciones. Aquello, era absurdo. Ni siquiera sabía a ciencia cierta que hacía allí, caminando como un autómata. Había tenido un enigmático sueño en el que se había visto fuera del cuerpo emprendiendo un extraño viaje.

En su sueño, escuchaba un doloroso batir de remos. Una galera imperial surcaba silenciosa las aguas del Nilo y en las riveras fértiles, llenas de sicomoros, los campesinos entonaban quejumbrosos himnos de luto en honor a su reina.

Había partido en plena juventud víctima de unas fiebres y ahora yacía en un sarcófago con el cuerpo cubierto de vendas. Una vez más la luz del crepúsculo bañó  ese amado rostro que la muerte le arrebataba  y que la conducía a un viaje sin retorno.

Su amor por ella no había conocido limites y ahora, debía resignarse y pagar con dos monedas de oro al barquero, las mismas que ahora ella llevaba sobre sus ojos,  para que la condujese ante Osiris al mundo de los muertos y la alejase definitivamente de su lado.

Él miraba a las mujeres que pasaban a su lado imaginando las posibles combinaciones. Sabía que el amor es una locura extrema cuando carece de rostro.

Paseaba por los pabellones con la mirada melancólica y ajena de los locos: el pabellón de China que olía a sándalo y el de Egipto donde una muchacha contagiada por la música, había comenzado a interpretar la danza del vientre.

Se acercó a ella arrebatado por un impulso e instintivamente, dio un paso atrás. Su acompañante acababa de llegar cargado con un montón de bolsas. Así pues, bajó los ojos al suelo y continuó pesaroso su camino.

Caía una lluvia gorda cuando se refugió bajo el toldo de una cafetería y pidió un café muy cargado. Pensó que ella, en el caso de existir, tendría que ser hermosa tal y como él había imaginado, o como las imágenes que mostraban los papiros. Bella, silenciosa e intangible.

La muchacha de la cafetería se le plantó delante y pensó que tal vez,  podía ser ella.

-Llueve con ganas.- Declaró.-  ¿Nos conocemos de algo?.

-Me temo que no.- Replicó ella. Y antes que  pudiese contestar algo pasó por su lado y se marchó a atender a otro cliente.

Aquello  hizo que volviera sumirse en la pesadumbre y que se plantease la idea de coger el coche para volver a casa. Una vez allí, rompería todos los papiros, desistiría de su locura por ella y vería la vida con ojos nuevos. Nunca más volvería a pensar en la enigmática mujer que poblaba sus sueños.

De pronto, una brisa helada le golpeó el rostro y tropezó con una extraña.

-Una mano firme y hermosa para dar caricias.- Dijo recorriendo sus surcos.- Veo un largo viaje y cosas muy interesantes, si me acompañas, acabo de leer tu futuro en la trastienda.

Entonces la miró fijamente a los ojos: perfil egipcio, cabellos negros, mirada triste  y entonces se dio cuenta, que el amor es física y química y que por inaudito que pudiera parecer, era ella, la mujer del papiro.

EL ÚLTIMO REDUCTO

ESCUCHAS EL TANGO DE ROXANNE


Desde niña escuché esa leyenda que hablaba sobre una extraña raza de hombres que al llegar la noche, se convertían en lobos.
La leyenda procedía de nuestros antepasados y era anterior a la Quinta Guerra Mundial que dejó asolado nuestro mundo y lo convirtió en un páramo seco.
Nunca creí en tal leyenda aunque confieso haberme divertido leyendo comics y viendo las pocas películas que pudieron rescatarse anteriores al conflicto.
Un día, tuve que viajar a Reserva Norte y encargarme de un caso.
Habían hallado hacía dos días un cadáver en la rivera de un río.
El cadáver- un importante mandatario relacionado con la recuperación de nuestro planeta- aparecía con múltiples mordiscos diseminados por todo el cuerpo pero, era en su rostro completamente desfigurado donde su asesino o asesinos se habían ensañado de una forma brutal.
Lo comprobé una vez llegué al lugar. El río, uno de los pocos, cuyo cauce ha sobrevivido a la hecatombe nuclear, se recupera poco a poco aunque aún quedan en él restos radiactivos.
Si el cadáver hubiese alcanzado el agua- entendería su desfiguración- pero estaba en la orilla por lo tanto el agua ni siquiera lo había rozado.
Un examen exhaustivo del cadáver y el escenario del crimen, me llevó a la conclusión de que, aquellas mordeduras no eran humanas sino que parecían haber sido hechas por dentaduras dotadas de afilados incisivos iguales a las de un animal salvaje, posiblemente un perro o un lobo incluso, una jauría teniendo en cuenta la profusión de las mordeduras.
El hombre yacía boca arriba con el pantalón rasgado en algunas zonas a la altura de las rodillas. Deduje que las bestias le habían abatido con sus patas haciendo que cayese de espaldas y que las múltiples rasgaduras en la tela de su pantalón se debían a que en algún momento en su precipitada huida, el hombre se había enganchado con algunas zarzas. Sin duda debía estar terriblemente asustado.
Debo decir que fue lo que me pareció más lógico después de haberlo inspeccionado todo al detalle pero, había algo que no cuadraba en toda esta historia.
Después de la guerra, sólo se habían podido salvar unos ejemplares de todas las especies en lo que vino a llamarse el Proyecto Arca. Estos ejemplares, estaban a kilómetros de distancia de mí y eran objeto de una extraordinaria protección por parte de las mayores autoridades de la Tierra por lo que sólo cabían dos posibilidades:
O bien, un grupo de personas habían atacado a ese pobre desgraciado utilizando unas dentaduras postizas o de lo contrario, se trataba de un grupo de animales no catalogados lo que representaba a pesar del triste hallazgo un enorme y feliz descubrimiento para nuestro planeta y para el Proyecto Arca que debería hacerse cargo de ellos.
Mientras levantaban el cadáver para conducirlo al depósito, una vez realizada la inspección ocular del terreno y la recogida de pruebas, me acerqué al Jefe de la Reserva Norte, un tipo alto, aguerrido, cubierto por una cazadora de cuero negro que aguardaba cruzado de brazos, sin duda porque estaba aterido de frío como yo, mientras contemplaba la escena con semblante asustado.
-¿Usted se llama?..- Pregunté dubitativa acercándome a donde estaba.
-Vasile- Respondió él sin descruzar los brazos- Me llamo Vasile y soy el Jefe de la Reserva Norte.
Miré el vaho que se escapaba de su boca al hablar y sonreí ligeramente.
-Sí, lo sé. Sé que es el jefe de esta Reserva. Me gustaría preguntarle si el fallecido tenía enemigos en el pueblo, si conoce de alguien que tuviese tanta aversión hacia él como para haberle hecho lo que le hizo- Señalé el cuerpo tapado con la sábana que estaban introduciendo en la ambulancia con destino al dépósito para realizarle la autopsia.
Vasile miró al muerto con tristeza y negó con la cabeza.
-No. Él era un buen tipo. Se dedicaba a la política y luchaba por la recuperación del planeta. ¿Ve nuestro río?- Lo señaló- Él fue una de las personas más influyentes que luchó para intentar que no se perdiera. Actualmente la radiactividad remite. Calculamos que gracias a él, en el plazo de dos o tres años volverá a haber pesca por aquí. Imagínese como estamos todos, completamente consternados por lo que ha pasado.
Me hice cargo de la situación de Vasile y miré el enorme bosque que se extendía cerca del río. Me maravillé al ver la bóveda verde que conformaban las copas de los árboles a través de los cuales se filtraba la mortecina luz del amanecer. Quedaban pocos, muy pocos en la Tierra, sin embargo allí, ocupaban una enorme extensión.
Vasile pareció leer mis pensamientos.
-Sí, también esto es parte de su obra. Como puede imaginarse tras la guerra todo quedó destruido pero, Mircea, y aclaró- Así es como se llamaba el finado- hizo que replantásemos especies autóctonas exactamente iguales a las que había aquí basándonos en las fotografías y los archivos de la época. El bosque no es exactamente lo que era pero en la reserva estamos orgullosos porque creemos que se le parece mucho. Dígame: ¿Va a quedarse mucho tiempo entre nosotros?
La pregunta cayó a bocajarro sobre mí. Tardé unos segundos en contestar.
-Bueno- Dije finalmente- En principio tengo pensado quedarme dos días, el tiempo suficiente para redactar un informe y enviarlo a mis superiores. Estoy alojada desde ayer por la noche en el hotel del pueblo junto a mis compañeros.
-¡Nada de eso!- Replicó Vasile tomándome del brazo y obligándome suavemente a seguirle- Mire… ¿Cómo se llama Inspectora..?
– Inspectora Priego- Respondí secamente- Aunque para mis amigos soy simplemente Almudena. Claro que usted todavía no es mi amigo.
-¡Bien!- Continuó él echándose a reír- Aún nos quedan dos días para afianzar nuestros lazos. Es necesario que venga conmigo para que pueda realizar bien su informe. Soy dueño de una posada aquí en Reserva Norte.Mircea era mi huésped aunque no era un huésped asiduo, sólo venía cuando traía aquí sus conquistas. Supongo que le gustará ver su habitación tal y como él la dejó y mirar sus cosas en busca de alguna pista.
-¿Y la policía tiene conocimiento de que Mircea, utilizaba las habitaciones de su posada?- Inquirí resguardándome del frío bajo mi capucha de lana.
Vasile dejó de caminar. Se plantó ante mí con la cara arrebolada por el frío, dirigiéndome una mirada penetrante de un azul desvaído.
-Usted es la policía, la máxima autoridad aquí en este momento y acaba de llegar.
-Está bien- Admití- Condúzcame entonces a su posada.
La posada pendía vertiginosamente de un risco. Subimos hasta ella en la moto de Vasile. Desde ella, parecía verse Reserva Norte en toda su inmensidad, cubierta por las primeras nieves.
A lo lejos, las gentes del pueblo nos miraban con desconfianza, como con odio. Aunque tal vez fuese solo a mí. Al fin y al cabo yo era la intrusa que venía a alterar sus pacíficas vidas.
El hallazgo del cadáver había llenado Reserva Norte de policías y era evidente que nuestra presencia no gustaba.
Anteriormente al reconocimiento del cadáver, habíamos tenido una serie de encuentros desagradables con la gente del pueblo aquella misma mañana. Nos seguían a todas partes con esas miradas de desprecio y varios de mis compañeros decían temerlos y sentirse acosados.
Llegamos a la posada.
Era un edificio de cemento rojizo. Vasile me confesó que le encantaría que ésta hubiese sido construida con árboles, pero los árboles, eran especies muy protegidas y demasiado caras.
En lugar de eso, era un edificio de cemento sobre el que pendía un cartel de madera sobre el que había escritas unas únicas letras que decían: POSADA, en un rojo muy fuerte.
Dejó su moto aparcada en el exterior y me invitó a seguirle al interior. Dentro, se respiraba un ambiente agradable, cálido, que se agradecía después de abandonar las altísimas temperaturas del exterior.
Le pregunté que cómo se llevaba la vida en Reserva Norte a lo que él respondió con su impertérrita sonrisa que las cosas no iban mal del todo pues los obreros, estaban continuamente haciendo deporte y cuidaban en exceso su alimentación con lo cual gracias a estas medidas y el seguimiento médico oportuno, los casos de cáncer y leucemia eran más escasos que en otras partes del mundo.
Al entrar en el salón, nos recibió el calor de una chimenea.
La sala estaba casi a oscuras iluminada por el resplandor anaranjado de las llamas.
Tenía unos sillones confortables tapizados en terciopelo de vivísimos colores con estampados geométricos y una mesa sobre una alfombra color crema de rizo grueso. Me imaginé esa estancia a plena luz del día y pensé que quizás no sería tan encantadora.
-Bien- Suspiró y me invitó a tomar asiento- ¿Quiere algo de cenar? ¡Le diré a Martha, nuestra cocinera, que le traiga algo, lo que sea, lo que usted quiera! ¡Sólo tiene que pedírmelo!
Le hice un gesto con la mano indicándole que no quería comer.
-No gracias, Vasile- Me temo que después de ver ese cadáver se me han quitado las ganas.
De repente me asaltó una enorme curiosidad.
-Dígame Vasile. ¿Por qué las gentes de Reserva Norte nos tienen tanta aversión?
Vasile abrió un armario y sacó dos copas de cristal rojas sobre las que vertió un vino espumoso. Me tendió la copa y se sentó en el sillón de enfrente.
-¡No les haga caso! Tienen miedo del Loup Garou por eso reaccionan así. Temen que todo este caso modifique sus formas de vida. ¡Ya sabe! Desde el hallazgo de Mircea todo esto está infectado de policías.
-Dígame- Quise saber- Usted lo conocía. Usted conocía a Mircea. ¡Cuénteme como era él!
-Bueno,- empezó Vasile- En realidad, tengo que contarle un secreto.
-¿Un secreto?
-Sí- Dio un sorbo a su vino bebiéndolo de un trago- Sí, efectivamente un secreto y una confesión. La verdad es que le mentí. Es cierto que Mircea venía a esta posada pero no encontrará nada en su habitación. Está completamente limpia. Sus compañeros han estado esta mañana y se han llevado todas las pruebas.
-No sabía nada- Respondí.
-No tenía porque saberlo- Aseveró él rompiendo a reír- Usted debía reunirse con sus compañeros en un hotel de este pueblo y sin embargo yo, prácticamente la secuestré.
En aquellos momentos, no sabía si montar en cólera contra él o agradecerle que me hubiese salvado de aquellas gentes del pueblo tan intimidatorias.
-¡Bien!- Repliqué- Supongo que usted me ha traído entonces aquí para contarme una historia. Espero que ésta valga la pena.
-Efectivamente- Respondió Vasile sacando algo del bolso de su pantalón- Quiero que mire atentamente esta foto.
Contemplé la foto a la luz de la chimenea y las múltiples velas encendidas de la estancia y me estremecí.
Era una foto inquietante, mostraba a unos grupos de hombres y mujeres en pie, muy juntos, mojados por la lluvia. Parecía que esta no les importase.
-No entiendo nada- Le devolví la foto.
– Esas gentes retratadas son loup garou- Dijo a modo de respuesta.

Loup Garou. Pensé. Esa palabra quería decir hombres lobos.
Cada vez más intrigada, escuché la historia de Vasile. Me contó que Mircea era un hombre bueno, querido por todos, que sin embargo había cometido una imprudencia.
Él aseguraba que en Reserva Norte sucedían acontecimientos extraordinarios y concretamente en una de las habitaciones de aquella posada propiedad de Vasile y su familia.
-Mircea – continuó diciendo- me dijo un día que lo había descubierto todo y que incluso les había fotografiado. Al principio no le di importancia y pensé que me estaba gastando una broma pero según pasó el tiempo la broma comenzó a tomar más y más sentido.
Una noche vino muy alterado a buscarme aquí. Empezó a contarme no sé qué historia de hombres que al llegar el día se convertían en lobos. Decía de ellos que eran gente desaparecida del pueblo que por una extraña razón habían dormido en una habitación de este inmueble.
La habitación 32. ¿Quiere verla?
-Naturalmente que sí.
-Sígame- Dijo Vasile tomando una palmatoria con una vela encendida guiándome hasta las escaleras.
Comenzamos a subirlas lentamente.
-¿Y realmente, esa gente había dormido en la habitación que usted dice?
Vasile asintió.
-Comprobé los nombres de esas personas, coincidían con personas de este pueblo que en algún momento de su vida habían dormido en la habitación 32. Hace años que está cerrada al público más por el miedo a los huéspedes hacia todas estas supercherías que a cualquier otra cosa. En ella, se ha detectado una ligera radiación.
-¿Y en que se basaba Mircea para creer que esas personas eran Loup Garou?
Vasile alcanzó el último peldaño y me guió por un pasillo oscuro flanqueado por múltiples puertas.
-Él creía- dijo tragando saliva que esas personas se convertían en lobos por el día, adquiriendo el aspecto de hombres al anochecer. Creía que durante el día se refugiaban en una cueva para no ser vistos.

Yo sospecho- Dijo a modo de confidencia- que Mircea descubrió ese lugar, esa cueva y por ese motivo, los lobos decidieron matarlo. Lo más extraño de todo, es que el propio Mircea llegó a dormir en esta habitación. ¡Bueno, Almudena! Aquí está la habitación 32.
Abrió la puerta lentamente para que yo pudiese verla.
Debo decir que no vi nada especial en aquella habitación desnuda de toda decoración que me pareciese digna de interés.
-¡Acompáñeme!- Susurró Vasile dispuesto a cerrar la puerta- Esta es la habitación maldita así que no dejaré que usted duerma en ella.
-¡No! ¡No!- sonreí ejerciendo una ligera presión con mis uñas en su brazo- Quiero quedarme aquí si no tiene inconveniente.
-¿En serio?- Respondió Vasile- ¿En serio que no teme a la leyenda que contó Mircea?
-No, claro que no- Repuse- Todo eso son tonterías. Es evidente que a su amigo no lo mató ningún hombre lobo sino algo mucho más real. ¡Buenas noches Vasile!
-¡Buenas noches, querida dama!
Aquella noche dormí en la habitación 32. Dudé un poco en apagar la vela, pero finalmente lo hice de un soplido.
Hacía frío y me guarecí bajo las mantas tiritando.
A media noche, empecé a tener sueños extraños en los que me veía corriendo a través de los parajes helados de Reserva Norte.
Era una sensación extraña, como si estuviese desnuda aunque no tenía frío, me sentía libre, mis ojos podían ver cosas que nunca hubiese imaginado desde las más diminutas, casi microscópicas, hasta las más lejanas.
En medio de esa sensación, me veía rodeada de otros seres y sentía su calor, pero dichos seres no estaban dotados de piel sino de un pelaje extremadamente suave.
Pensé que los acontecimientos del día me habían impactado tanto que eso, provocaba aquellas extrañas pesadillas…
Así que me volví a dormir esta vez más tranquila.
La mañana llegó, la pálida luz se filtró a través de la ventana.
Salí corriendo de la habitación. Llegaba tarde y aún debía emitir mi informe sobre Reserva Norte a mis superiores.
Apenas salía por la puerta me di cuenta que ni siquiera me había dado tiempo a vestirme, que había salido como una ráfaga sin más de mi cama, sin preocuparme de otra cosa que de echar a correr.
A la salida Vasile me esperaba.
-¡No te preocupes!- Me acarició la cabeza- ¡Mircea nos descubrió! pero no aceptó a la manada por eso le matamos. Pensaba delatarnos para que fuesemos catalogados como simples animales y pasasemos a formar parte del Proyecto Arca donde no tardarían en descubrir que no somos lobos normales. Creemos que tú te acostumbrarás pronto a nosotros, es una sensación que tuvimos nada más que nos vimos.
Enseguida nos reconocimos y ahora tú también eres un Loup Garou como yo.

 

LA PEQUEÑA PIANISTA

 

Nevaba como nunca, Klaus contemplaba absorto como los copos de nieve se adherían al cristal creando figuras caprichosas. Afuera, debía hacer frío, mas eso no parecía preocupar a los pequeños que jugueteaban en el jardín ajenos a su mirada, mientras construían un enorme muñeco de nieve lo suficientemente grande y ridículo como para no pasar inadvertido.
Suavemente el libro que sostenía entre sus manos se fue deslizando yendo a parar sobre su regazo al mismo tiempo, el espejo le devolvía su imagen con la misma crueldad con que el verdugo decapita a su víctima.
Su pelo lacio, desgreñado, caía sobre sus hombros en una masa amorfa, tan nítida como la misma nieve que implacable cubría el paisaje que se perfilaba a través de los amplios ventanales. Su rostro cuarteado, macilento, dejaba entrever unos ojos carentes de brillo, sin vida, la triste sombra del mar tempestuoso, la mirada felina de antaño.
Ahora Klaus, contemplaba su propia imagen como si esta careciese de identidad, negándose a creer que aquellas manos temblorosas y torpes le perteneciesen. Llegaba un punto, en que nada importaba salvo la espera, la vieja cita con un oscuro fantasma que como siempre se demoraba.
Harto ya de su contemplación, intentó incorporarse y volvió a lamentarse como de costumbre por la maldita ciática.
Fue entonces cuando la puerta cedió con brusquedad y un bullicio infernal irrrumpió en sus oídos. Allí frente a él estaba su hijo, su nieto y un grupo de personas a las que jamás había visto pero, que a pesar de todo, insistían en conocerle.
Un hombre de facciones romas se acercó para estrechar su mano mostrando dos filas de dientes blancos, perfectos…
-¡Felicidades viejo amigo!- exclamó con fingida afabilidad.
-¿Habéis visto?. Pero si parece casi tan joven como entonces- Intervino una dama encorsetada a la que costaba reconocer bajo tantas y tantas capas de maquillaje.
La mujer le recordaba a uno de esos payasos de feria, vestida con aquel atuendo de colores chillones que tanto le había hecho reír cuando era niño.Afortunadamente, el tiempo le había enseñado a controlar sus emociones.
Por esta razón, su mirada no expresó otra cosa sino indiferencia y desidia a la par que contemplaba al hombre obeso con aspecto de banquero aburrido y a la caricatura que tenía frente a él, empeñada en atribuirle nombres de personas a las que jamás había conocido y lugares donde jamás había estado.
Otro rostro confuso se sumó a aquella algarabía.
-¿No me reconoces, Klaus? ¡Soy tu primo Hans.
Un joven apuesto de cabello dorado y elevada estatura se acercó al pobre primo Hans apoyando una mano sobre su hombro. Se trataba de Kevin, el hijo menor de Klaus que contemplaba a su progenitor con tristeza.
-No se da cuenta de quien eres, Hans-Y dirigiéndose a los invitados se excusó por él- Perdonen a mi padre. Su memoria falla. Son ya muchos años los que lleva cargados a las espaldas.
La mirada iracunda de Klaus le dejó paralizado y su voz se convirtió en un tartamudeo.
-¿Te crees que soy idiota, Kevin?- Le increpó con desdén.-¡Claro que les reconozco, lo que ocurre es que me duele la cabeza!
Un silencio doloroso se hizo entre los presentes. Nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna y el único sonido que podía escucharse en la habitación era el insistente y tortuoso sonido de una mosca embistiendo contra el cristal de la ventana.
Como una bendición del cielo el pequeño Anker rompió el hielo tirando insistentemente de la chaqueta de su abuelo mientras imploraba.
-¡Abuelo! ¿Me dejarás jugar con tu colección de sellos antiguos?
Kevin frunció el ceño y tomó una botella de champagne del pequeño mueble-bar.
-¡Vamos Anker!. ¡Deja al abuelo!-Ordenó con voz suave pero autoritaria.
-Creo que Karen está ayudando a la cocinera a hacer un delicioso pastel de moras y grosellas. ¿Por qué no vas allí?
-¿De veras?- fue la respuesta del niño emocionado.
Y antes que pudiera responderle partiió como un vendabal arrollando a su paso una diminuta figura de porcelana.
Kevin contempló ensimismado la partida de su hijo sin percatarse de que Klaus también hacía lo mismo.
-¡Siento lo que ha hecho tu nieto!-dijo agachándose a recoger los trozos de porcelana.
-No te disculpes por ello. Y no tomes demasiado en serio mis comentarios. Ya sabes como soy. A propósito: ¿Donde está Ingrid?
-¿Ingrid? ¡Ah! ¡Está ahí!- Señaló entre los presentes a una mujer menuda de cabello pelirrojo que no cesaba de hablar y reír mientras sostenía una copa de champagne entre sus manos.
-¡Bebe demasiado!-Observó mientras tomaba un canape de caviar de la fuente de entremeses.

Kevin, sopesó sus palabras adoptando una actitud fría, distante. Tenía la mirada puesta en algún punto inexistente y todos los recuerdos agolpados sin orden ni concierto en su memoria.
Pensó en su antiguo sueño: convertirse algún día en un afamado pianista y compositor como su padre. ¿Qué era ahora?. Tan sólo un simple y frustrado ingeniero cuyo matrimonio comenzaba a resquebrajarse.
En cuanto a su hermana Elsa, su padre había logrado quitarle de la cabeza a aquel poeta bohemio y desharrapado para casarla con un hombre de negocios de porte austero y familia acomodada. El matrimonio duró tan sólo un año. Ahora Elsa, compartía una mísera buhardilla en Paris con un hombre aficcionado a propinarle brutales palizas y derrochar su dinero en cantinas y prostíbulos.
-En la calle debe estar helando- Pensó Klaus ajeno a los pensamientos de su hijo. A sus oídos llegaban emotivas canciones navideñas inundándolo todo con su alegría. El viejo compositor en cambio, sentía como el frío se calaba en los huesos y lo que era aún peor, en su propia alma, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Todo era silencio, pero había algo turbio, sórdido en el ambiente, algo que no podía precisarse, como si todos los presentes a la vez pensasen en voz alta y Klaus pareciese oír entre aquellos murmullos:
-¡Viejo miserable!
-¿Te has fijado que despota?
-¡Hombre desnaturalizado! ¡Canalla!
-Pienso que deberíamos irnos. Estamos de más aquí.
Kevin le sacó de sus divagaciones arrastrando del brazo a una muchacha en la que Klaus ni siquiera había reparado.
-¡Te hemos traído una sorpresa!-exclamó laconicamente- Se llama Judith y es una joven promesa. Cuando la escuches sólo tendrás oídos para ella.
Klaus sonrió. La joven bastante retraída le recordaba en cierta manera a sí mismo, cuando tuvo que actuar por primera vez ante el selecto público de la ópera de Helsinki. Sus piernas flqueaban, el sudor perlaba copiosamente su frente, hasta el punto que su actuación hubo de ser suspendida por segunda vez debido al nerviosismo del joven músico.
Mas afortunadamente, una vez en el escenario, el calor de los aplausos del púlpito le infundieron el suficiente ánimo para interpretar su debut como compositor: ” La Dulce Melodía ”
La actuación fue un auténtico éxito y se recordaba a sí mismo leyendo las críticas de cuantos periódicos caían en sus manos.
En ellos se decía en grandes titulares:
“Una intervención magistral” “Joven músico danés promesa del año que comienza” “Klaus Nigelson emprende una gira por Hamburgo”. ” La Reina ha dicho: Es simplemente sublime, extraordinario”
Klaus observó las manos de la joven. Era el primer detalle en el que siempre se fijaba cuando conocía a una persona. Las manos son el espejo del alma, se decía y debía de haber algo cierto en su filosófica reflexión.
Había manos toscas y rudas, estropeadas por el trabajo, incapaces de otra cosa sino de pegar zarpazos sobre un teclado. Las había declicadas, temblorosas e incapaces de canalizar su fuerza interior adecuadamente.
La joven que tenía ante sí parecía pertenecer al último grupo; manos blancas, cuidadas, dotadas de largos y elásticos dedos, manos que se movían como mariposas moviendo nerviosamente sus alas en el aire.
-Es un placer-sonrió estrechando su mano-Espero no defraudarle.
Klaus miró sus ojos, eran bonitos y almendrados. ¿Temía defraudarle? ¡Bueno! eso se vería, tenía que estar a la expectativa, probablemente si ella interpretase la Sinfonía Inacabada de Bethoven a él le gustaría.
-¡Bueno!- Les interrumpió Kevin-¿Cuando empezamos? ¡Ahí está el piano Judith!. Es todo tuyo.
Los comensales tomaron asiento y guardaron silencio mientras la joven se esforzaba en aportar inútilmente su propio genio a una de las obras más bellas y sublimes que ha dado fruto la historia de la música.
Pero el famoso: “Para Elisa” sonaba vacío en aquellas manos inexpertas. Le faltaba espíritu, le sobraba fuerza. Tal vez si la joven lograse dar rienda suelta a sus emociones dotando a todos y cada uno de sus dedos de vida independiente podía brillar en el futuro con luz propia.
Tal como era ahora los críticos, hienas hambrientas, acabarían despedazándola con sus comparaciones: Toca el maestro…” Opinarían los mejores, en cambio los más crueles no tendrían piedad: “Ni siquiera cuando intenta emular a las grandes glorias de la música lo consigue”
En un telón de fondo se entremezclaban con sus pensamientos los rumores.
-¿Te has fijado? ¡Pobre hombre no es ni la sombra del genio que un día conocimos.
-¡Es natural!- Intervino otro invitado-Su salud empeora, no en vano los años pasan.
Otra voz extrañamente familiar sonó imperiosamente.
-¡No has debido obligarme a venir aquí!
-¡Cállate!-Le ordenó la otra voz-¿Es que no ves que puede oírnos?
-No importa. ¡Quiero ofrecer un brindis al hombre más déspota y miserable que jamás he conocido! ¡Por usted Señor Nigelson!
Kevin contempló a su esposa con dolor.
-Será mejor que nos despidamos Ingrid, estás completamente borracha.
-¿Borracha, yo? ¡Oh, Kevin! ¡Por favor!
La copa y su contenido se vertió por el tapizado de una silla estilo Chippendale, mientras Ingrid se avalanzaba hacia la puerta sin poder por más tiempo retener su llanto.
Judith apartó entonces sus manos del piano y con ojos ingenuos preguntó:
-¿Qué está pasando?
-¡Toca!- Ordenó Kevin.
-Pero…-dudó la joven
-Te he dicho que sigas tocando. ¿es que no me has oído?
El sudor perlaba la frente del viejo Klaus que contemplaba impotente la escena. Recordó entonces sin saber porqué a su pequeña Marie, con sus piernecillas colgando del taburete mientras él trataba de enseñarle sus primeras lecciones de solfeo.
La pequeña hubiese sido una fantástica pianista si un terrible y ridículo accidente no hubiese malogrado su vida a la tierna edad de nueve años.
Aquello fue su fin como músico y como padre. Las cosas jamás volvieron a ser como entonces.
Klaus intentó levantarse del sillón mas el dolor punzante que atenazaba sus piernas le impidió dar un solo paso.
-No es necesario que trates a Judith de esa forma- Le amonestó.
-¡Ahora no, padre!- Gritó Kevin con amargura- Y usted vieja bruja: ¿Qué diablos está mirando?
-¡Kevin, por favor! ¡Perdone, señora, no haga el menor caso a mi hijo! Esta noche todos hemos abusado del champagne y los ánimos se han exacerbado.
Y luego, dirigiéndose a su hijo trató de excusarse alegando que no tenía intención de que la cosa llegase a esos extremos.
-¡Claro que sí!-Le recriminó-Todo el mundo estaba hoy aquí para intentar agradarte. ¿Y que has hecho? ¡Despreciarnos a todos! Es evidente que tu familia te desagrada, incluso tus amigos no son para ti más que personas desconocidas que vienen a degustar tu champagne, comerse tus canapes y oír a esta ridícula y estúpida pianista-dijo señalando a Judith.

-¡Basta!- Gritó por primera vez fuera de sí-¡Márchense! ¡Márchense todos! ¡Fuera de mi casa!
Anochecía, la oscuridad se filtró dolorosamente entre los claros cortinajes. Afuera, debía hacer frío, y la mecedora se movía impaciente dibujando en la penumbra la silueta de un anciano que hacía tiempo esperaba una cita a la que ansiaba y temía.
Era navidad, los últimos sones de los villancicos hacía horas que se habían extinguido en las callles. Dentro de los caldeados hogares las familias se reunirían alrededor de una chimenea o en torno a una mesa donde comerían y beberían copiosamente fingiendo sus odios o afectos.
Kevin no vendría. Hacía años que sus relaciones se habían enfriado sin que hubiese acontecido disputa alguna. Por tanto la idea de una fiesta sorpresa y lo que en ella había acontecido sólo era fruto de su desbordada imaginación. La soledad es un monstruo de afiladas garras que hace que el ser humano sienta frío, un frío que no es físico sino espiritual, algo, que cala más hondo que en los huesos.
Klaus había tenido muchos años para imaginar. El tiempo no tiene medida, lo que para el reloj quiere decir una hora, para un viejo compositor derrotado puede significar una eternidad llena de sufrimiento.
La sala volvía a llenarse de luces. Kevin le estrechaba entre sus brazos, mientras Ingrid sonriente acariciaba sus canos cabellos.
-¡Te queremos Klaus!
Cuan difícil resultaba discernir las fronteras entre la fantasía y la realidad.
El pequeño Anker sostenía entre sus manos un pequeño plato con una porción de tarta de grosellas.
-¿Me conoces, Klaus? ¡Soy tu primo Hans!
Y entonces, sin previo aviso, todos desaparecieron de escena y alguien o algo acarició sus sienes con dulzura.
Ella estaba allí tal y como él la recordaba. Su pequeño y frágil cuerpecillo se había aposentado en su regazo cubriéndole de besos y caricias.
-¡He venido a buscarte!- Susurró- Esta vez no habrá interrupciones. Yo seré tu único público y tú volverás a tocar para mí “ La Dulce Melodía ”
-¡Marie! ¡Mi Marie! ¡No es posible que estés aquí! ¡Nadie me quiere! ¿Has visto? ¡Es navidad y nadie ha venido a verme!
-Yo sí te quiero- respondió Marie con sencillez- Para mí eres el mejor, el único. Yo te llevaré a un lugar donde reina una música apacible. Allí estaremos de nuevo juntos. Esta vez nada ni nadie podrá separarnos.

La luna brillaba en un cielo cuajado de estrellas.
En la oscuridad de su habitación, Klaus buscó en los dulces y angelicales ojos de la pequeña pianista una respuesta a su absurda vida.
Y lo que vio en ellos fue un remanso de paz.

 

 

EL CORAZÓN DE LA DONCELLA



Últimamente, un pájaro venía a alegrar sus mañanas, se trataba de un mirlo. A Aurelién Martinol le gustaba despertarse con los trinos de su errático amigo y el aire fresco procedente de la montaña que se colaba a través de su ventana. Siempre repetía el mismo ritual. Antes de irse a desayunar contemplaba los saltos del mirlo entre rama y rama éste a su vez, correspondía mirando a Aurélien como si ambos fuesen ya viejos camaradas.

El árbol desde el que el mirlo atisbaba a Aurélien era un roble antiquísimo.

Había estado allí cuando Aurélien nació, algo más tarde, durante su adolescencia, había grabado en su superficie rugosa con el pico de una navaja un corazón atravesado con dos flechas en cuyo interior los nombres de los enamorados aún eran legibles.

Maríe era su mujer. Le había dado dos hijos y estos a su vez una horda de fierecillas que cuando venían a ver a sus abuelos corrían desbocados en torno al viejo roble desperdigando todos los juguetes sobre la hierba.

Cuando Aurélien se enamoró por vez primera y cuando Maríe le confesó su embarazo, el viejo roble estaba de testigo.

Para su desgracia, también lo estaba la primera vez que Maurice Villepin, su vecino, había irrumpido en su casa como un auténtico energúmeno, y le había amenazado con despojarle de sus tierras aduciendo que éstas pertenecían a su familia desde tiempos inmemoriales, que tenía papeles que así lo atestiguaban y que Aurélien y su mujer recibirían su merecido de manos de la justicia.

Posiblemente, pensó Aurelién, hubo un tiempo en que las tierras donde se asentaba el terreno y la casa que les pertenecía a él y su esposa, hubiesen sido pertenencia de la familia de Villepin pero ahora eran indudablemente suyas y no se las dejaría arrebatar así, por las buenas. Su familia, la de Aurelién, había comprado las tierras a un precio ridículo. Había trabajado duro para conseguir que sus viñedos prosperasen, ayudado por uno de sus hijos incluso, había conseguido embotellar un chardonet de un sabor insuperable que pensaba poner próximamente a la venta principalmente entre sus amigos y luego, a pequeña escala.

En todo ese tiempo, Villepin no había protestado lo más mínimo por la propiedad de las tierras pero sí ahora que veía que aquella tierra yerma comenzaba a prosperar.

Aquel día, el mirlo no vino.

Temió Aurélien que se trataba de un malísimo presagio y en verdad debía serlo porque su mujer entraba en aquel momento portando la temida carta con el sello del juzgado…

El día anterior el hijo menor de Villepin, un joven mal encarado, gamberro, pendenciero y borracho había irrumpido en la finca profiriendo todo tipo de insultos y amenazas contra Aurélien y su familia. En aquel momento, Marie había echado a correr en dirección a la casa con intención de llamar a la policía mientras el muchacho, se encaraba a su marido esgrimiendo un bate de beisbol.

Justo cuando el bate del joven iba a estrellarse contra su cabeza, otra mano joven y fuerte, frenó su avance, doblando el brazo del muchacho a la altura de los omóplatos y obligándole a caer postrado de rodillas.

-¡Deja de joder y no molestes más! ¿Me oyes?- Vociferaba el nuevo.

Aurélien contemplaba boquiabierto la escena sin comprender nada. Inmediatamente, su salvador, otro joven de la misma edad que el hijo de Villepin, incriminaba algo al agresor al que al parecer conocía y que terminó por huir despavorido.

Aquella carta que Marie traía entre manos era la respuesta al acto violento que había acontecido el día anterior: El hijo de Villepin acusaba a Aurélien de infringirle graves lesiones. ¡La desfachatez de aquel muchacho y su familia no conocía límites!

Se miraron apesadumbrados sin decirse nada ella apoyada en el dintel de la puerta y él sentado en su escritorio.

Aurélien posó la carta sobre la mesa y contempló desde la ventana como Marie se alejaba rodeando la casa y volvía al cabo de unos instantes portando un periódico en la mano.

-Voy a comprar el suministro al mercado. ¿Vas a salir o puedo llevar tu coche?

Aurélien le hizo un gesto con la mano indicándole que podía llevárselo tranquilamente. La vio entrar en el garaje y salir al cabo de unos instantes manejando en dirección a la verja. Le dijo adiós pero su mujer parecía ir sumida en sus pensamientos y no correspondió a su saludo.

Desazonado abrió el “Journal le Soleil” por la tercera página. Entonces, una extraña noticia acaparó toda su atención.

“Científicos, forenses y dos afamados perfumistas destapan un fraude al descubrir que los restos que reposan en el arzobispado de Tours, presuntamente pertenecientes a Juana de Arco, son en realidad una momia egipcia

Tras usar un espectrómetro infrarrojo, un microscopio electrónico conjuntamente con las pruebas del polen y el carbono 14 se logró arrojar un poco de luz al asunto llegando a la conclusión que no había ningún indicio de que el cuerpo hubiese estado expuesto al fuego.

Las narices privilegiadas de dos afamados perfumistas: Sylvaine Delacourte, de Guerlain, y Jean-Michel Duriez, de Jean Patou, vinieron a corroborar la opinión de los expertos al detectar un cierto olor a vainilla, aroma que está presente en muchos procesos de momificación dado que hubo épocas en que las momias eran utilizadas para la medicina y la creación de perfumes.”

Aurélien cerró el periódico de golpe y quedó pensativo.

Había leído algo al respecto y conocía muchos detalles de la vida de la heroína de Francia que había combatido en la Guerra de los Cien años cuyo fin había sido morir quemada a la edad de 19 años.

Según la leyenda, tras sufrir el martirio de ser quemada varias veces durante el mismo día, sus cenizas fueron arrojadas al Sena para desalentar a sus seguidores y únicamente pudo salvarse su corazón.

Sin embargo, existían reliquias como en el Arzobispado de Tours que consistían en trozos de piel y huesos junto con un trozo de lino y el fémur de un gato contenidos en una vasija y encontrados en el sitio de Rouen, allí donde Juana fue martirizada..

Estos restos hacían suponer que pertenecían a la doncella de Orleans debido a que era típico encontrar cadáveres de gatos junto a aquellos condenados por la Santa Inquisición por delitos de brujería.

Aurélien miró pensativo por la ventana.

De pronto, el cielo se había ensombrecido. Unas nubes negras se aproximaban desde el Este y amenazaban con descargar su lluvia. Descubrió así mismo que su mujer había olvidado cerrar la verja.

Tenía que ir allí. No estaba dispuesto a dejar que nuevamente el chico de Villepin entrase en su propiedad con nuevas amenazas aduciendo que había sido agredido.

Caminó por el camino engravado con el periódico en mano y se dirigió a la verja metálica para cerrarla.

En ese momento, descubrió que un joven estaba sentado afuera.

Al principio, Aurélien se echó a temblar temiendo que fuese el hijo de su vecino dispuesto nuevamente a buscar camorra. Pero, al mirarle al rostro, se dio cuenta que no era sino su benefactor, aquel muchacho desconocido que había salido de la nada y había impedido que el palo de Beisbol se estrellase contra su cabeza…

Reparó también, que no le había dado las gracias por todo lo que había hecho.

Aún estaba a tiempo.

-Buenos días- Dijo amablemente.

-Buenos días- Respondió el muchacho sonriendo.

Aurélien le invitó a traspasar la verja señalando el interior con su mano. El joven no se hizo de rogar y aceptó la invitación

-Bien- Empezó diciendo- Quiero darte las gracias por todo lo que hiciste ayer al defenderme… Sin embargo, hay algo que me preocupa y es que tú saltaste también la valla como ese endiablado muchacho y me pregunto quién eres, que relación tienes con el hijo de Villepin y porque estás rondando mi casa.- Señaló el banco donde hace unos segundos el muchacho estaba sentado.

-Bien- Respondió éste, introduciendo las manos en los bolsillos de su sudadera. Son demasiadas preguntas y casi me parece que estoy ante un inspector de policía- Rió- ¡No se preocupe, es una broma! Intentaré encontrar las respuestas.

En primer lugar, efectivamente salté la valla en busca de mi amigo Michel, el joven del que usted me habla tan afablemente como el hijo de Villepin. Me lo encontré muy exaltado y me contó lo que pretendía hacer así que le seguí hasta aquí para impedir que hubiese una tragedia.

Aurélien le miró mientras ponía el cerrojo a la verja. Tenía el estilo de vestir del hijo de Villepin: una sudadera con capucha y pantalones vaqueros desgastados, sin embargo, aquel otro muchacho que tenía ante sí parecía tener otros valores o al menos él, lo intuyó.

-¡Sígueme!- Le invitó señalando el camino de grava- Quiero ofrecerte una copa de Chardonet de fabricación propia. Próximamente, tengo pensado comercializarlo y me gustaría saber la opinión de la gente antes de hacerlo.

-¡Gracias!- sonrió.

Se quitó la capucha y dejó al descubierto un pelo lacio y dorado como las espigas. Entornó sus enormes ojos verdes de largas pestañas y señaló el periódico que Aurelíen aún esgrimía en su mano.

-¡Vaya- Silbó y Señaló el artículo- Ahí hablan de la doncella de Orleans! ¿Me deja verlo, por favor?

-¡Claro que sí!¡-se lo extendió Aurelién-. Vayamos al interior de la casa, esas nubes no tienen buen aspecto!

El muchacho, le siguió a través del camino de grava que conducía a la casa. Una vez allí, pasó al interior y miró el interior de la cocina asombrado, sin atreverse a sentarse.

Fue Aurélien quien le invitó a hacerlo mientras sacaba dos copas estilizadas de cristal labrado y descorchaba la botella.

Mientras lo hacía, contempló como el joven se quedaba embobado mirando el roble que crecía muy cerca de la ventana y que sólo podía ser visto desde ese lado de la casa.

-¡Es bonito!- Pensó en voz alta mientras tomaba la copa que Aurélien le ofrecía.- Podría decirse que en él palpita un corazón. Luego tomó un sorbo y dijo:-Ummm le felicito. Sabe muy bien.

-Sí, lo es- Suspiró orgulloso Aurélien contemplando a su vez el árbol.

-¿Hace mucho que está aquí?- Demandó el joven con curiosidad.

-Estaba mucho antes de que yo naciera. Desde que tengo uso de razón lo recuerdo aquí.

El joven asintió.

Para él no resultaba fácil lo que iba a decir. No sabía muy bien cómo empezar ni si el hombre que tenía ante sí le creería. Tenía que intentarlo. Aquella, sería su última oportunidad. La única oportunidad que tendría de acercarse a Aurélien Martinol para proponerle algo, que sin duda no olvidaría.

-Veo que le interesa el tema de Juana de Arco- Señaló el periódico sin saber muy bien cómo reaccionaría el hombre.

– En efecto, sí. Acabo de leer esta noticia. Dicen que han examinado los restos que están en el arzobispado de Tours y que estos, son falsos, se trataba de una momia egipcia. ¿Lo has leído?

El muchacho asintió tomando un trago de Chardonet. De pronto, se levantó de su silla y comenzó a pasear nerviosamente por la cocina. Aurélien tuvo un poco de miedo. ¿Qué era lo que le pasaba a aquel muchacho, porque de repente se ponía tan nervioso? No había sido muy buena idea dejarle pasar a la casa sobre todo, después de lo acontecido con Michael el hijo de Villepin, que además decía ser su amigo.

-Perdone- Empezó el joven- Tal vez lo que le cuente este día le resulte raro. Sin duda recordará este momento cuando pasen los años y tal vez piense en mí como un loco o la persona que le vino a revelar un importante misterio.

Imagínese aquella época, la época en que la doncella vivió. Su proceso inquisitorial estuvo lleno de muchas lagunas, muchos defectos. Efectivamente fue quemada 3 veces durante el mismo día. ¿Puede imaginarse su tormento? ¿Puede imaginar el horror que tuvo que sufrir aquella muchacha de tan sólo 19 años, apenas una niña?

Aurélien cerró los ojos e imaginó a la muchacha mientras era conducida con un hábito de arpillera con las manos atadas a la espalda en dirección a la hoguera.

La imaginó con el semblante tranquilo, segura del paso que había de dar.

-Juana era una mujer complicada, unas veces era dulce y mansa como un corderito, en aquellos momentos en que decía recibir las visitas de ángeles y santas, sin embargo, en otras ocasiones, cuando la ocasión lo requería, se convertía en una mujer dura, que gustaba vestirse con ropas de hombres y que manejaba las armas como el mejor de ellos. Esa personalidad arrolladora de Juana, fue la que convenció con su verborrea al Delfín de que ella debía ser la salvadora de Francia. Pero finalmente, el Delfín, la clase eclesiástica y la Universidad de Paris, principalmente, la vendieron a los ingleses. Sin embargo…

El joven se tomó unos segundos para tomar aliento.

-Hay quien dice que Juana no fue quien realmente murió en la hoguera sino otra mujer. Corre el rumor que tras la “supuesta muerte de la doncella; una mujer que decía llamarse Claudia, aseguraba ser la doncella de Orleans. La citada Claudia contaba que fue ayudada por alguien que le facilitó la huida. Posteriormente, se casó con un noble y tuvo hijos. Hasta el último día de su muerte aseguró que ella era Juana de Arco, la verdadera doncella de Orleans, pero absolutamente nadie la creyó.

Aurélien miró boquiabierto a su invitado con la copa en la mano sin saber qué hacer, si posarla o apurar un gran trago de ella.

-¡Es una historia increíble!- Dijo únicamente.

-En efecto,- Respondió el joven- Es increíble, nadie la creyó. Yo solamente se la estoy contando. Lo que intento decirle es que Juana de Arco no fue aquella mujer que condujeron maniatada a la plaza del mercado de Rouen para quemarla.

-¿Entonces de quien se trataba?- Se sentó Aurélien al que comenzaban a temblarle las piernas.

-¿Se lo digo?- Preguntó el joven.

-¡Endiablado muchacho!- Casi gritó Aurélien- ¡Suéltalo ya!

El joven dudó unos instantes. Finalmente se decidió…

-Esa muchacha era Claudia, su gemela: Una era la mística y otra la guerrera. La mistica fue quemada tres veces en la plaza del mercado de Rouen y su cenizas fueron arrojadas al Sena para dar un castigo ejemplar a sus seguidores.

-¿Y la guerrera fue la que sobrevivió, no es cierto? ¿Aquella que se casó con un noble y decía llamarse Claudia? ¿Así, que intercambiaron sus personalidades? ¿Su gemela le ayudó a huir y ocupó su lugar en la hoguera?

El muchacho clavó en él sus ojos verdes y asintió en silencio con el semblante muy serio.

-¡Tengo que irme!- Dijo cortante depositando una tarjeta sobre la mesa.- Soy inversor en bolsa y a pesar de mi aspecto tengo una fortuna que no podría ni imaginar. En la tarjeta hay un número de cuenta bancaria. Es una cuenta que he puesto a su nombre con unos ingresos millonarios.

-¿Por qué? ¿Por qué haces esto, muchacho? ¿No comprendo? ¡Es más! ¡No te creo!

-Deberá creerme- Gritó pegando un puñetazo sobre la mesa. Luego más calmado dijo- Deberá creerme porque yo me iré de aquí y usted no me verá nunca más. Es necesario que guarde estas tierras de su vecino y de cualquier extraño. Usted debe perpetuar esa idea en sus descendientes. Deberá cuidar el corazón de la doncella, aquella que se salvó y que habita en algún lugar bajo sus tierras.

Cuando quiso decirle algo, el joven había abierto la puerta y corría camino abajo en dirección a la verja.

Tomó la tarjeta y la miró.

Solamente tenía el número de cuenta y un nombre: Angel Darc.

Apellido que quizás había evolucionado a partir del D´arc de otra época.

Un impulso asaltó a Aurélien. Aquel muchacho, descendiente de Juana de Arco era como el mirlo que se posaba en su ventana, alguien que quizás elegiría otro asentamiento y al que nunca más vería.

-¿Dónde está, endiablado muchacho?- Le increpó mientras corría por el camino de grava y le veía perderse en la lejanía- ¿Dónde está el corazón de la doncella?

A punto de sufrir un ataque cardiaco se aferró al viejo roble, aquel que le había visto crecer a él, así como a sus hijos y a sus nietos.

Y entonces recordó las palabras del misterioso Angel Darc cuando miró el árbol.

-“ Sí, es bonito, podría decirse que en él palpita un corazón.”

Un comentario »

  1. Alucinante esta historia de física y química con trasfondo egipcio. Me encanta esta civilización y el temazo de Bangles, uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos, así como su bellísima vocalista, Susannah Hoffs, que también tiene varios albumes en solitario fantásticos y apenas conocidos. Saludos. Victor Virgós. Bladerunner-sirenas-in-love.blogspot.com

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